Gabriel Vázquez Fernández | Doctor en Sociología | Profesor titular UDC

Grado de civismo

Actualizado 15 | 03 | 2016 13:31

Al charlar sobre cómo somos y actuamos en España con respecto al interés público y común, mi mujer me recordaba cuando estuvimos de luna de miel en Nueva Zelanda, concretamente en la ciudad de Christchurch.

Teníamos un coche alquilado y al aparcar en el puerto nos dimos cuenta de que había que poner ticket. Queríamos encontrar al vigilante para aclarar unas dudas al respecto pero, al no verlo y preguntar por el mismo a otro conductor, para nuestra sorpresa, éste nos dijo que no había, a la vez que mostraba su extrañeza por nuestra pesquisa. Es decir, allí se ponía el ticket apelando a la conciencia cívica, sin tener que recurrir a la coacción o temor a ser sancionados. ¿Se imaginan esto en nuestro país? ¿A cuánto estamos de algo así?

Cada vez hay más indicadores para conocer aspectos sociales que, hasta ahora, tenían poca medida o referencias. Por ejemplo, el grado de satisfacción de la población, el de transparencia de las instituciones, el de corrupción política, el de libertades individuales, etc. El civismo también cuenta con medidas, desde el reciclaje de basuras que se realiza, pasando por la destrucción o conservación del mobiliario público, limpieza de las calles, cuidado de los espacios verdes, etc. Sin embargo, creo que más que saber si somos más o menos ruidosos que los austríacos o reclamamos más que los islandeses, se podría resumir o tener una idea rápida sobre nuestro civismo comparándonos con el ejemplo de Nueva Zelanda que acabo de exponer.

Particularmente, a mí se me antoja que estamos a mucha distancia de prescindir de vigilantes en los aparcamientos urbanos. Ni a corto ni a medio plazo, me imagino al ciudadano medio español poniendo el ticket voluntariamente, por conciencia cívica. Más bien, aquí estamos acostumbrados a lo contrario, a no pagar (sean tickets, impuestos, tasas, consumos, etc.) si se atisba alguna posibilidad para ello. Extrapolando este ejemplo o situación, ello nos llevaría a tener una idea de nuestro grado de civismo, de lo que es o supone culturalmente lo público, lo común o el interés general en nuestro país, tanto como ciudadanos, empresarios o políticos.

El caso de Nueva Zelanda seguramente sería un referente extremo en la escala, el máximo o tabla alta de la clasificación. Siempre podremos mirar el medio vaso lleno y tranquilizar nuestras conciencias con que estamos por encima de la media a nivel mundial en muchos de esos indicadores. Pero creo que no debemos ser conformistas y tenemos que fijarnos metas más altas en este terreno, aunque pueda resultar un tanto frustrante saber de la ventaja que nos llevan algunas sociedades, ya que, visto lo visto que ocurre en nuestro país, hay distancias que parecen casi insalvables.

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